sábado, 3 de octubre de 2015

Psicología Forense, Custodia Compartida para los padres...











De nuevo, ¡hola a tod@s!

Hoy me gustaría hablaros de un tema propio de la Psicología Forense, como elaborar un informe pericial para los Juzgados de Familia en el apartado de la Custodia Compartida. En un artículo anterior en este blog comentamos sobre la violencia de género. En este sentido, en un juzgado de familia cualquiera de Madrid, habría una intervención por parte del juez para evitar males mayores, y si hay niños de por medio, la intervención (esta ayuda por parte del Ministerio de Justicia) se hace más necesaria ante los problemas matrimoniales antes, durante o después de la separación.
En principio, y para poder identificar este problema, me gustaría que entendiésemos que hablaré de los asuntos de Custodias y Visitas que los niños tienen derecho para no quedar desprotegidos ante las peleas de los padres. Las características de las respuestas emocionales de los niños/as y adolescentes ante la separación/divorcio de las figuras parentales son muy variadas, y dependerá de la etapa de desarrollo en el que se encuentren (esto es: la edad que tenga el niñ@). Un niño de dos años, por ejemplo, puede sentir miedo, fantasmas amenazantes, fantasías negativas, incremento de conductas agresivas, etc. y un niño de doce años puede sentir miedo, ansiedad, alteraciones de la identidad, somatizaciones, etc.

A la hora de poder evaluar las aptitudes de los progenitores antes y después de la separación/divorcio, comprobamos las competencias de los progenitores para ejercer la custodia. Por ejemplo, vemos qué tipo de estilo educativo  y habilidades interactivas poseen [1]. La disponibilidad en tiempo y espacio para atender cotidianamente a la menor. Cuál es el apego de la niñ@ a ambas figuras parentales, ¿es similar o hay diferencias? Cuál es el nivel de conflicto interparental, ¿moderado, grave?... y así un largo etcétera para que en algún momento de este proceso judicial se haya podido llegar hacia algún Convenio Regulador aprobado en Sentencia para coparentalidad o custodia compartida; o no, se iría a un divorcio contencioso.


Esto puede resultar un poco abstracto sin dar un ejemplo práctico, y necesitaríamos de una historia previa que nos sitúe en toda esta complejidad judicial. Por supuesto que en este lugar no podría decir más sobre lo que llamamos Antecedentes Familiares (y Análisis de la Unidad Familiar), porque es confidencial, por Ley y por las solicitudes de las familias, o de cualquier persona que pida reserva ante sus asuntos propios…, pero, con vuestro permiso, os contaré una historia que pueda ilustrar estos procedimientos. Esta historia la cito de un cuento popular español, editado por José de Olañeta, y dice así: «Éste era un matrimonio mal avenido, porque ella era rica, caprichosa, dominante y con mal genio, mientras que él era pobre, buenazo y sin carácter. Siempre que se ponían a disputar acababa ella insultándole, y diciéndole: “¡piojoso, piojoso!”. El pobre hombre sufría con paciencia a su mujer, pero ya empezó a molestarle oírse piojosos, piojoso. Un día que salieron juntos de paseo, iban andando y discutiendo, y ella le volvió a decir: “¡piojoso, piojoso!”. Mira, —dijo él—,  ya no te consiento que me vuelvas a insultar. Y como me vuelvas a llamar piojoso, hago un escarmiento contigo. —Pues te lo diré siempre que se me antoje, ¡piojoso, más que piojoso! Y dijo el marido: — Está bien, está bien, tú lo has querido. Él se calló, siguieron andando, y cuando llegaron a un puente sobre un río, la cogió de pronto y la tiró al agua diciendo: —Toma, para que me vuelvas a llamar piojoso. La mujer,  yendo por el aire le decía: ¡Piojoso, piojoso! Y cayó al agua y le gritaba: «¡Piojoso, piojoso!» Y empezó a hundirse, y cuando ya le cubría el agua por la cabeza, sacó los brazos, juntó las uñas de los dedos pulgares y le estuvo haciendo señas hasta que se ahogó. » [2]


 En este ejemplo (un poco alejado ya de nuestra sensibilidad contemporánea) enlazamos con la tradición de los Cuentos Españoles del siglo XIII  y con los ejemplos morales de la Época Medieval, que tienen antecedentes en el «Corbacho» del Arcipreste de Talavera en el cuento de «La mujer porfiosa», y en «La porfía de los recién casados» de «El Fabulario» de Sebastián Mey, donde ella porfía por comerse tres huevos en vez de dos. 
Con una ayuda más profesionalizada desde la asistencia de los equipos psicosociales, jueces y abogados, y con un final más feliz (y no de cuento, como cuando la obstinación y la discusión cerraban el diálogo con la siguiente determinación: «Y aquí se rompió una taza, y cada quién para su casa»). Nada de eso, más bien todo lo contrario, se tienen en cuenta muchas variables tanto la de los padres como la de los hijos porque entendemos que en estas rupturas han de hacerse con el menor daño posible para el bien de las personas, para la continuidad del desarrollo de la familia en el amor.

Sabiendo que las rupturas de parejas son unas de las experiencias más traumáticas, amargas y penosas que pueden sufrir las personas entendemos que hay un conflicto subyacente a abordar, con muy diversas emociones asociadas, que pueden afectar al comportamiento de manera muy importante. Si además el conflicto está judicializado, el litigio y su intensidad van a añadir en las personas, convertidas en « partes jurídicas», nuevas percepciones o emociones difíciles de sobrellevar. 
Y si la  separación o divorcio puede constituir una compleja situación de riesgo para los hijos, como por ejemplo la instrumentalización de los niños haciéndoles parte del conflicto, esos medios de ayuda se hacen bastante arduos pero necesarios en una cultura del diálogo y del respeto. 

Una conclusión a la que podemos llegar con todo lo dicho hasta ahora, es que somos responsables de nuestros actos y de nuestras intenciones,… de nuestras palabras. Tanto  jueces como psicólogos, trabajadores sociales, abogados, etc. están para poder evitar las acciones destructivas (o fuerzas destructivas) en el foro de nuestro ambiente familiar, de proteger un orden de las cosas adecuadas para el hombre y su convivencia en relación consigo mismo y su desigual.  

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1 Hay cuatro modelos clásicos que se registran a la hora de educar a los menores, son: el Autoritario (donde vemos coerción e imposición); Negligente (donde vemos displicencia e indiferencia); Indulgente (donde vemos tolerancia y pasividad); autoritativo o Democrático (donde vemos aceptación e implicación) El estilo educativo debe permitir al menor progresar hacia la independencia y la responsabilidad. 

2 Sánchez Pérez, José (1995). Cien cuentos populares españoles. Biblioteca de Cuentos Maravillosos. Madrid. Página 6.